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La militancia juvenil de Rodolfo Barra

Fue parte del grupo antisemita y ayudó a evitar la cárcel a uno de sus integrantes por un asesinato.

Rodolfo Barra comenzó su militancia política en la adolescencia en Tacuara, uno de los eslabones de la cadena en la historia de los grupos de derecha en la Argentina. Nacida a fines de los años 50, Tacuara marcó la política de la primera mitad de los años 60 como expresión de la derecha nacionalista y católica. De hecho, el grupo irrumpió en tiempos de Laica vs Libre, el debate que abrió paso a la entrada de la Iglesia en la educación superior.

Bancando a Eichmann
El seminarista Alberto Ezcurra Uriburu fue el alma mater de una agrupación que tuvo una fractura por izquierda. Lo que había nacido como Movimiento Nacionalista Tacuara sufrió la salida de un grupo de militantes que miraban con simpatía al peronismo y a la Revolución Cubana. El nuevo Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara, que en agosto de 1963 protagonizó el primer hecho de guerrilla urbana en el país con el asalto al Policlínico Bancario.

La Tacuara original, aquella en la que se quedó Barra, tuvo como marca el antisemitismo. Y una fama que cruzó las fronteras argentinas con una alusión literaria. En su novela El péndulo de Foucault, que acaparó gran expectativa después del éxito de El nombre de la rosa, Umberto Eco recrea esta escena: los personajes están en un bar en Milán cuando aparece una chica que junta firmas «por los compañeros argentinos detenidos». Resulta que los arrestados pertenecen a Tacuara, y el protagonista y narrador responde: «Pero si los de Tacuara son fascistas».

Hay varios hitos en el derrotero antisemita del tacuarismo. El primero fue en mayo de 1960, cuando el Mossad capturó a Adolf Eichmann en Don Torcuato y se lo llevó a Israel, donde fue juzgado y condenado a muerte. La noticia de que el arquitecto del Holocausto había sido interceptado por la inteligencia israelí movilizó a los tacuaristas. En Tacuara. Historia de la primera guerrilla urbana argentina, Daniel Gutman cuenta que «el movimiento lanzó una campaña ‘por la reparación de la soberanía nacional'». Protagonizaron peleas callejeras y pintadas como «¡Viva Echmann! ¡Mueran los judíos!»

El caso Sirota
En 1962 se produjo un hecho que marcó un punto de inflexión en la historia del antisemitismo en el país, que ya tenía como gran antecedente el primer y más grande pogrom de la historia fuera de Europa, en la Semana Trágica. Se trató del caso Sirota, denunciado por la DAIA el 24 de junio de de ese año. Tres días antes, Graciela Sirota, una joven de 19 años, estudiante de Ciencias Exactas, había sido interceptada por un grupo de tres hombres que, tras golpearla en la nuca, la metieron en una camioneta. El comunicado de la DAIA expresó que Sirota había visto a los atacantes «en actos de provocación antisemita en la Facultad de Medicina».

Volvió en sí en una habitación, y los captores le dijeron que era una venganza antijudía. La dejaron en Primera Junta, tras haber apagado cigarrillos en su cuerpo. También usaron una navaja para marcarle una cruz esvástica en un pecho. La denuncia de la DAIA causó conmoción.

El 26 de junio, en medio del escándalo, un cable de la agencia Saporiti, vinculada a los servicios, y que tenía en su plantilla a un militante de Tacuara, según rememora Gutman en su investigación, emitió un cable en el que hablaba de «la pequeña herida que tiene la joven israelí» (sic) y relativizó el ataque, hablando de «pequeño rasguño» respecto de la esvástica a navajazos. La reacción de la DAIA fue declarar un cese de actividades para el 28.

En la tarde de ese día, Tacuara repudió el antisemitismo en conferencia de prensa, aunque Ezcurra sostuvo que el ataque a Sirota había sido fraguado por la propia dirigencia judía. En medio de las dudas que planteó la Policía, Sirota habló en un acto de repudio en la Facultad de Medicina y denunció que el comisario de la secciona 42 le había dicho que estaba mintiendo y que lo ocurrido era producto de «una fiestita con tus amiguitos». Sirota planteó que los atacantes tenían cobertura policial. El acto tuvo la solidaridad de las otras facultades de la UBA y registró la presencia de un tacuarista al que sorprendieron armado.

El crimen de Alterman
En 1964, un tiroteo en Rosario se cobró la vida de dos tacuaristas y un miembro de la Juventud Peronista durante un plenario de la CGT en Rosario. Tacuara sostuvo que la balacera la inició militante de izquierda. Como asociaban izquierda con judaísmo, decidieron ultimar a un judío de izquierda a modo de venganza. La víctima elegida se llamaba Raúl Alterman, tenía 31 años, había militado en la UCRI y al momento del crimen estaba en el Movimiento Popular Argentino.

Al mediodía del 29 de febrero de 1964, un miembro de Tacuara entró al edificio en el que Alterman vivía con sus padres en la calle Azcuénaga. Golpeó la puerta del departamento (un cartel decía que no funcionaba el timbre) y dijo al padre de Alterman que tenía un telegrama para entregarle al hijo. El joven se acercó y recibió un sobre por la mirilla. Lo abrió. El papel decía: «Bertoglio-Gardina-Militello, presentes». Eran los apellidos de los tres caídos en Rosario.

En ese momento se acercó otro tacuarista. Uno de ellos disparó dos veces. Un tiro impactó en el pecho de Alterman; el otro disparo atravesó la puerta y fue a dar contra un sillón. El otro atacante también efectuó dos disparos: una bala dio en la cabeza de la víctima y la otra dio en un barrote de hierro de la mirilla. Los asesinos, Wenceslao Benítez Araujo y Fernando Vicario, se fueron corriendo por la escalera.

En el lugar del crimen quedó el papel entregado a Alterman, prueba más que evidente de quiénes eran los responsables. Minutos antes del asesinato, al entrar al edificio, Benítez Araujo se había sacado un sobretodo que llevaba puesto y lo dejó sobre la escalera. En su huida, no lo recogió. Y eso dio pistas a la policía.

Porque el piloto tenía en el forro interior inscripciones de una tintorería. La pesquisa confirmó que «2517» y «6-M» correspondían a Malabia 2517 6° M. Así ubicaron a Alberto Mansilla, miembro de Tacuara. Sus compañeros comenzaron a caer. Entre ellos, Carlos Benites Moreno, dueño del arma homicida. Sucedió que, además de haberse dejado el sobretodo, Benítez Araujo había golpeado el arma sin querer contra un escalón en su huida. El golpe rompió el arma, un revolver calibre 32, dejando algunos fragmentos en el lugar.

El amigo para la coartada
Mansilla había sido parte del encubrimiento y, tras recibir el arma dañada, se la devolvió a Benites Moreno. Dice Gutman: «Esa mañana, mientras sus amigos asesinaban a Alterman con su arma, Benites había estado en un bar de Bartolomé Mitre y Montevideo, charlando con un camarada de sólo 16 años que llevaba poco tiempo en Tacuara». Ambos, Benites Moreno y su amigo, iban juntos a misa.

Benites Moreno admitió ser el dueño del revolver y dijo que Mansilla se lo había pedido el día del crimen y que el arma le fue devuelta en la misma tarde del 29 de febrero. Como coartada, dijo que a la hora del asesinato estaba en el bar de Mitre y Montevideo con su amigo adolescente. El menor fue llamado a declarar. Era hijo de un comisario y estudiaba en el Otto Krause, donde había iniciado su militancia nacionalista. El testimonio del joven permitió que Benites recuperara la libertad, exculpado de cualquier vínculo con el asesinato de Alterman.

La declaración de Mansilla permitió arrestar a Benítez Araujo, que fue condenado a 14 años de prisión y saldría en libertad en 1973 con la ley de amnistía. Vicario se fue a España y nunca rindió cuentas por el crimen. El chico de 16 años que confirmó la coartada de Benites Moreno se recibió de abogado, fue juez de la Corte Suprema y Ministro de Justicia en los 90. La buena estela de Rodolfo Barra lo acompañó hasta 1996, cundo se supo que como integrante de Tacuara había atentado contra una sinagoga. Ahora, Javier Milei le ofrece una revancha en la función pública.

 

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