El nacionalismo, un invento de la modernidad que marcó el siglo XX

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¿Por qué los hombres quieren a las naciones y están dispuestos a morir por ellas, lo mismo que a odiar y matar en su nombre? Esta pregunta se hacía el politólogo e historiador Benedict Anderson (Universidad de Cornell, EE. UU.) en su famoso libro de 1983, Comunidades imaginadas, reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo.

En esta famosa obra examinó con profusión de datos y ejemplos históricos los procesos de creación y construcción de lo que denomina las «comunidades imaginadas» de la nación, las cuales funcionaron como artefactos culturales que alcanzaron enorme influencia a partir de la consolidación de la modernidad y la ilustración.

Anderson sostuvo en el libro una hipótesis sobre el nacionalismo, como un concepto históricamente difícil de definir y aun más de analizar. Paradójicamente, aseveró que esto tiene un contraste con la enorme influencia que el nacionalismo ha tenido en los últimos siglos, aunque la teorización encontrada sobre él haya sido muy escasa.

Destacó en su análisis tres grandes paradojas, que complicaron a los teóricos del nacionalismo: en primer lugar, la modernidad objetiva de las naciones desde la visión de la ciencia histórica y las ubica con una antigüedad de entre tres y cuatro siglos, en la etapa histórica en que surgen al mismo tiempo la revolución industrial y el capitalismo.

La consolidación de los Estados nacionales constituyó la tercera pata de aquella tríada que conformó la modernidad occidental. En cambio, la antigüedad que pretenden y pretendieron subjetivar los propulsores y activistas nacionalistas se sumerge en la historia ancestral de las comunidades, para construir simbólica y discursivamente una identidad nacional, remontándose muchos siglos anteriores al origen de la idea de modernidad y de nación.

En segundo lugar, la universalidad formal de la nacionalidad como concepto sociocultural habla de un tipo ideal de nación, en el sentido weberiano, constituido por elementos comunes como el territorio, la población étnicamente homogénea, historia colectiva, entre otros rasgos; frente a las particularidades que se dieron en las manifestaciones concretas, como por ejemplo el caso de la URSS, que llamó a su victoria contra el nazismo como la «gran guerra patriótica», a pesar de que el materialismo histórico que sustentó ideológicamente al régimen comunista era marcadamente internacionalista por definición y renegó de las nacionalidades burguesas. En tercer lugar, el poder político de los nacionalismos fue innegable, sobre todo en los siglos XIX y XX, pero esas circunstancias no ocultaron su pobreza filosófica, lo que hizo que no haya producido jamás un gran pensador de tallas como las de Thomas Hobbes o Alexis de Tocqueville para el liberalismo, y de Karl Marx o Antonio Gramsci, para el socialismo.

Por eso Anderson, desde una visión antropológica, propone una definición de nación: «una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana». De esta forma, el estudioso consideró que era más fácil asociar al nacionalismo en la misma categoría analítica antropológica que el «parentesco» o la «religión», que en la de «fascismo» o «liberalismo», visto desde la sociología o la ciencia política. La nación es una comunidad política imaginada porque, para sus miembros, se imagina como algo limitado porque nunca se autorreferencia como coincidente con toda la humanidad. A diferencia del cristianismo, el socialismo o el liberalismo, ninguna nación pretenderá ni deseará nunca que toda la humanidad se le una, porque desde una perspectiva antropológica la nación se constituye como identidad común frente a una otredad; por ello, no puede entonces englobar a toda la población planetaria.

Los Estados nacionales son definidos como nuevos, aunque las naciones a las que representan presumen de ser inmemoriales y consideran el futuro ilimitado. La nación no surge por ideologías políticas sino por oposición a los sistemas culturales que la precedieron, la comunidad religiosa y el reino dinástico. Los cambios sociales del capitalismo hicieron pensar a las comunidades acerca de sí mismas, especialmente la nueva literatura nacional y la prensa.

Las características más destacadas de ese proceso fueron el desarrollo de la imprenta y el impulso de las lenguas locales en detrimento del latín, la consolidación de la Reforma protestante y la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas, más las recurrentes guerras de religión; y la difusión de esas lenguas vernáculas como sistema de centralización administrativa y política.

Según Anderson, la idea de nación tiene origen en el periodo de la Ilustración, con el avance del secularismo racionalista y la destrucción del «paraíso» prometido por el dogma religioso, que hizo necesaria otra forma de continuidad para la cohesión de las comunidades emergentes de esa primera modernidad. Lo que mejor cupo a ese objetivo fue la idea de nación.

Por ello, las naciones son artefactos culturales, pero incluirlos en esa categoría, obliga a investigar cómo han llegado a existir para la historia, en que formas han mutado sus significados en el tiempo y porque tienen una legitimidad emocional tan profunda para sus habitantes. Al mismo tiempo, Anderson planteó que a fines del siglo XVIII se produjo un cruce de fuerzas históricas, donde se construyeron modelos de nación (por ejemplo, la independencia de EE. UU. y las ideas de la Revolución francesa), que, una vez creados, se volvieron modulares, es decir plausibles de ser trasplantados de forma política e ideológica a otras realidades. El siglo XX está lleno de ejemplos de estos intentos de implantación, algunos exitosos y muchos fallidos.

Luego de la I Guerra Mundial y hasta los años 70 se produjo la última oleada de surgimiento de Estados nacionales, sobre todo a partir de la descomposición de los grandes imperios y el proceso de descolonización posterior a la ll Guerra Mundial. Las Naciones Unidas influyeron en el proceso, porque, como organismo supranacional, reconoció únicamente a las naciones-estado, lo que alumbró la reacción al imperialismo mundial que motorizó guerras de liberación como las de Indochina, Argelia, Kurdistán y Palestina. Para entender la importancia que cobra este fenómeno en el siglo XX, Anderson consideró que los tres elementos culturales de la construcción de la nación contemporánea más relevantes son: el censo, el mapa y el museo.

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